Haraway: Cyborg Reload (Staying with the Trouble, 2016)

Tras mucho tiempo sin publicar me he encontrado con este interesante post de José Pérez de Lama en el que traduce y comenta términos y conceptos del libro de Haraway Staying with the trouble (2016). Es interesante porque muchos de ellos necesitan de una explicación larga sobre su genealogía teórica, que da para horas de lectura y revisión.

Ahora que estoy empezando a pensar cómo contar mi PFC, me alegra leer sobre Haraway, y comprobar que ya no dejo de “pensar haciendo mundos” (de ficción especulativa) en los que aparezcan o resurjan nuevas formas de emparentar (make kin).   Y en este sentido ha sido un largo proceso el de darme cuenta de que, como arquitecto, no lo tengo nada fácil para “hacer mundos” en los que aparecen situaciones simpoiéticas, y en los que emerjan nuevas alianzas de supervivencia, relación y cooperación entre especies, desde mi cálido y acogedor estudio. El motivo principal es que intentando hacerlo, buscaba esas situaciones para los demás, pero evitando contagiarme.

La clave está en la expresión “hacer con”.  ¿Con quién haces cosas? ¿Por qué? ¿Cuánto dejas que te influya lo que hacen los demás? ¿Cómo podrías deformar tus “haceres” a través de una coproducción? ¿Con quién?  Y una vez hecho eso, otra cosa es pensar en cuál es el resultado de esa manera de hacer. ¿Cuáles son sus particularidades, sus fortalezas y sus fracasos?

Estoy intentándolo y solo se me ocurre que el resultado está muy lejos de ser autosuficiente, y muy difícilmente pueda reclamar una existencia independiente de los cuidados y afectos a los que está sometido ( pienso que Haraway estaría orgullosa).  Pero necesita constantemente de acompañamiento, de una explicación (si es que quiero que sea identificado como arquitectónico fuera de mi entorno)…  Tendré que leer (una vez más) a Haraway y perseverar en esto de “pensar haciendo mundos de ficción especulativa”.

 

Arquitectura contable


Captura de vídeo, demo de string games / string figures / cat’s cradle – en esp parece ser que se llaman de diversas maneras, una de ellas, cunitas; fuente: https://youtu.be/HTSxcN9Ih5M

Haraway: Cyborg Reload (2016)

José Pérez de Lama _ dedicado a mi colega y amigo David Patiño Rodríguez

Cyborgs of the World, Untie! There’s a Win to World!

Donna Haraway fue, si no me equivoco, la primera persona que introdujo el concepto de cyborg y quizás también de devenir-cyborg en el pensamiento crítico. En su famoso Cyborg Manfiesto de 1991 (1983), en ocasiones también llamado Manifesto for Cyborgs (Wark, 2015). Aquel texto fue de enorme influencia; se enunciaba desde el feminsimo socialista, y, al menos para mí, conectaba con el mundo de Deleuze-Guattari (devenires, agenciamientos, rostridad…), sin duda que entre otros muchos. Se hacía además en el contexto de la crítica posmoderna a la…

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Ecologías del pasado

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Urbandomestic es un proyecto de intervención que traslada al espacio público las actividades propias de los ámbitos más privados. El proyecto pretende aglutinar los hallazgos y los deseos de al menos tres investigaciones previas:

-La contenida en el trabajo de fin de grado “Reframed: relatos sobre arquitectura, género y ficción”,  en la que se experimenta a través de distintos formatos de relato las interacciones entre la producción doméstica, los problemas de género y la arquitectura.

-La contenida en el “Breve ensayo sobre ecocrítica y producción doméstica”, en el que se analiza  la evolución de la vivienda y la configuración de la ciudad en relación con todas las revoluciones domésticas sucedidas entorno a las grandes transformaciones sociales, económicas y políticas desde mediados del siglo XIX.

-La que está relacionada con mis deseos en cuanto a las maneras de trabajar en las que el diseño aparece como forma de investigación, o es el vehículo para generar situaciones creativas participadas, en las que pueda haber una parte infraestructural sobre la que otras agencias aplican técnicas de customización y apropiación (lo que frente al DIY he denominado MIY, “hazlo tuyo”) y así generar contextos de diseño y producción protagonizados por agencias heterogéneas con distintas sensibilidades ante la realidad, la arquitectura, el territorio.

En todas estas investigaciones existe la posibilidad de tirar del “hilo” que las relaciona con unas determinadas ecologías.  Hacerlo es parte del proyecto de fin de carrera,  el dispositivo que va articulando estas inquietudes y deseos con más o menos intensidad a lo largo de sus distintas fases.  Para la entrega Registros Teóricos para el Proyecto de fin de Carrera he escogido un dibujo referido a la segunda de las investigaciones que aprovecho para iniciar una conversación sobre si es o no pertinente activar ecologías desde el pasado, o si se quiere, desde lo vernáculo.

Un acercamiento a la realidad (a la profesión, al proyecto…) desde un enfoque posthumano, es según Rossi Braidotti una manera  “útil para indagar en los nuevos modos de comprometerse activamente con el presente, razonando sobre algunos de sus aspectos de manera empíricamente fundada, pero no reduccionista, crítica, pero no nihilista”. En este camino por superar lo que se ha denominado Antropoceno, que la propia Braidotti define como “el momento histórico en que lo humano se ha convertido en una fuerza geológica en condiciones de influir en la vida de todo el planeta” (cambiaría el tibio influir por “dañar irreversiblemente”), uno de los modos más sugerentes para hacerlo en mi opinión es en los términos propuestos por D. Haraway, esto es, “estar situadx” y “habitar los problemas”.

No parece tener ningún sentido hacerlo desde aproximaciones históricas, puesto que esos problemas con los que pretendemos interactuar son del presente más radical, del aquí y el ahora.  Cualquier mirada hacia el pasado (romántica, bucólico pastoril, y todos los otros adjetivos que puedan atribuírsele), es una pérdida de tiempo.  Precisamente al girar la mirada hacia el pasado, estamos apartando nuestros ojos de lo que ahora mismo acaba de suceder.

Estar situadx, sin embargo, implica vincularse a realidades que tienen un pasado. Cuando nos  llevamos las manos a la cabeza y decimos “¿Cómo hemos podido llegar a esto?” (a este presente tan desconcertante) estamos admitiendo una situación previa distinta con la que establecemos comparaciones. Cualquier enfoque cosmopolítico, que propone una hiperconsciencia multiescalar del presente que nos ocupa, va tirando de los hilos para desvelar los procesos que la han provocado, remontándose en el pasado tanto como sea necesario.

Es cierto que no es obligatorio acceder al pasado para gestionar el presente, y que la propia realidad que tocamos es susceptible de ser mejorada, desde el aquí y el ahora, pero el dibujo que traigo como entrega mira a una realidad desaparecida:

Aparece una vivienda típica del sureste alicantino, de las que se construyeron tras el trágico terremoto que sacudió la Vega Baja en 1828.  En ella es posible identificar una serie de conexiones muy directas entre las actividades de los humanos,  la configuración de los espacios domésticos, las limitaciones constructivas del momento, el espacio público y el territorio.  Las actividades de la vivienda desbordan sus propios límites, desplazando mediante dispositivos tan sencillos como pequeñas sillas parte de las actividades productivas (hacer ganchillo al fresco del este, secar vegetales en la fachada sur…). Con sus propios medios (bajando las ventanas hasta una altura conveniente), genera asientos en la fachada.  Sus falsos techos están construidos a base de las cañas del carrizo que crece en un río próximo, las mismas con las que generan las estructuras sobre las que crecen muchas de las hortalizas trepadoras en el campo. La amplitud de sus espacios está íntimamente ligada a la longitud de los troncos de los bosques cercanos. Tiene una cuadra para albergar a un caballo que sirve de tracción para arar las tierras y transportar mercancías.  Sus excrementos (junto con el de los humanos de la vivienda) se utilizan para fertilizar las tierras en las que a su vez se cultiva la alfalfa con la que alimentar al caballo. La vivienda también alberga a otros animales para producir huevos y otras proteínas cárnicas, y un almacén para contener otros dispositivos como una red para una pesca de poco volumen en la orilla del mar y otros útiles agrícolas, que fabrica un herrero al fondo de la calle.  Los procesos productivos relacionados con la postproducción de las cosechas reclaman la ayuda de vecinos, que acuden a cambio de parte de la producción, o de una remuneración. El patio, al que conectan casi todas las estancias, se convierte entonces en un pequeño taller en el que se tejen afectos. En otras ocasiones son otros centros los que requieren la colaboración de los habitantes de esta vivienda. De algún modo, todos los agentes están involucrados en una serie de procesos que podríamos denominar ecología, unas prácticas compartidas entre muchos elementos de un territorio, en los que se pueden descifrar patrones interesantes de interacción. El propio paisaje es una coproducción de los procesos de esa ecología. Las técnicas con las que se tejían las redes o con las que se iban trenzando las fibras vegetales para hacer cestos y recipientes para transportar útiles y cosechas son indudablemente modos de producción situada.  ¿Podríamos  en un contexto futuro reactivar patrones de estas ecologías?

El interés de esta llamada romántica al pasado es mostrar las ecologías que contiene, pero también visualizar un tipo de espacio urbano mucho más editable por sus usuarios que el actual, y donde los límites de lo público y lo privado, de lo productivo y lo no productivo estaban muy desdibujados, generando una situación de espacio en el que se puede experimentar, frente al espacio urbano del que disponemos ahora, que más bien podría ser definido como “un espacio de resultados”.  Un entorno configurado a base de subconjuntos cerrados de acuerdo a los pensamientos de distintas agencias expertas individuales. Un entorno en el que  lo público y lo privado son lugares complementarios, paralelos, que cada vez se brindan menos oportunidades reales de interacción.  Un entorno de genética poderosamente moderna.

Urbandomestic pretende estimular mecanismos que desdibujen esas líneas atendiendo a la materialidad y los procesos que ocupan la vida de los usuarios de hoy,  ideando dispositivos que generen trasvases de actividades, y que los usuarios puedan hacer suyos.   Es todavía algo desconocido el modo en que esa ecología del pasado llegará a entrar en interacción con las materialidades y los procesos del presente, con qué estéticas cobrará formas.  Pero qué bonito sería recuperar esos genes para nuestras arquitecturas del futuro. Qué gozo hacer este PFC.

Ecocrítica y producción doméstica

 

Este post es una reflexión sobre la relación entre arquitectura y producción en los espacios domésticos. Se enmarca en una investigación que profundiza en el modo en que las interacciones entre la arquitectura y los procesos productivos en la vivienda determinan las interacciones en la ciudad.  Forma parte del proyecto de fin de carrera “ecologías domésticas”, dedicado a procesos de diseño que fomenten nuevas interacciones entre los procesos productivos de la ciudad atendiendo a las recientes miradas filosóficas entorno a la ecología.

Ofreceré en primer lugar una síntesis de algunos de esos enfoques relacionados con la antropología y la filosofía que impulsan nuevas maneras de hacer en todas las disciplinas, incluida la arquitectónica, para luego analizar algunos ejemplos de cómo el diseño arquitectónico de los entornos domésticos ha evolucionado con los distintos cambios de orden socio-político a lo largo de los dos últimos siglos. Por último extraeré la información relevante con la que justificar las metodologías que soportan mi trabajo de fin de carrera.

Durante las últimas décadas la ciencia ha demostrado que la Tierra ya no es un lugar seguro para los humanos. El resultado de las múltiples interacciones entre los flujos naturales y las modificaciones de nuestros entornos ha conseguido desestabilizar por completo los equilibrios sobre los que los humanos habíamos proyectado nuestra existencia en el planeta.  No es necesario profundizar en la justificación de que es precisamente la acción del hombre la que está desencadenando los desórdenes por los que los modos en los que habitamos el planeta son los que lo harán inhabitable tarde o temprano.  Muchas de las investigaciones científicas se esfuerzan en intentar calcular cuándo sucederá, qué podremos hacer para evitarlo, especulando sobre la posibilidad de viajar a otros planetas, dejando de lado en todo momento cuestionar la actitud antropocéntrica que ha desencadenado esta suerte de apocalipsis.

Varias corrientes filosóficas argumentan que es precisamente esa construcción del mundo a la medida del hombre humanista está detrás todos los problemas que ahora nos ocupan. El Antropoceno, definido por Rosi Braidotti como “el momento histórico en que lo humano se ha convertido en una fuerza geológica en condiciones de influir en la vida de todo el planeta”, ha propiciado que aparezcan nuevos modos de entender nuestra presencia en el mundo, como  “lo posthumano, un término útil para indagar en los nuevos modos de comprometerse activamente con el presente, razonando sobre algunos de sus aspectos de manera empíricamente fundada, pero no reduccionista, crítica, pero no nihilista”. Algunas corrientes de pensamiento relacionadas con el eco-feminismo y el poscolonialismo, que quizá no abarcaban el problema en términos tan amplios, sino en visiones mucho más precisas de problemáticas relacionadas con el género o la raza, han resultado ofrecer pautas muy interesantes en las que redireccionar nuestra visión del planeta.

En este sentido el posicionamiento de Deleuze y Guattari, Margulis y las relecturas más actuales de ese pensamiento por parte de Donna Haraway (Staying with the trouble, 2015) resultan de extremado interés en una nueva construcción de nuestra agencia en los procesos con los que “construimos mundos”.  Frente a los planteamientos de la Apocalipsis planteados por el Antropoceno o el Capitaloceno, Haraway defiende que deberíamos centrarnos en habitar las dificultades, y pensar en las relaciones entre humanos, otros seres vivos y las tecnologías de la biosfera de una manera diferente.  Lo justifica muy bien, por su formación en biología, con los procesos por los que algunos de los organismos más pequeños y antiguos del planeta, como los hongos y los organismos pluricelulares han evolucionado y perpetuado su existencia estableciendo relaciones “simpoiéticas”, esto es, de evolución a base de coproducciones, para poder adaptarse a las contingencias de un lugar en constante cambio.  Haraway defiende la posición de que es necesario explorar y reforzar las alianzas y parentescos con otros seres vivos.  Hacerlo supone, de una vez por todas establecer modos situados de trabajo, en los que el pensamiento humano no puede avanzar sin una visión que contiene el contexto, y las relaciones que tiene con él.

La problemática del Antropoceno tiene una escala planetaria, pero se analiza claramente en procesos de menor escala y que no se refieren directamente a la relación con el medio, o con los no humanos, sino también con personas.  La construcción antropocéntrica no se ha desarrollado entorno a la especie humana en general, sino entorno a un hombre blanco de mediana edad, occidental, de clase media y heterosexual que vive en una gran urbe.  Los otros posibles sexos, colores de piel, edades, etc, no estaban reconocidos como destinatarios de ese mundo a imagen y semejanza del hombre. Y precisamente por esto, mucho antes que las teorías del Antropoceno, ya en el siglo XIX surgieron muchos activismos que denunciaban su precariedad en el sistema, y promulgaban nuevas formas de coexistencia.  Es el caso de los feminismos y el poscolonialismo.

Es en esos procesos de menor escala en los que podemos detectar como la arquitectura ha desarrollado estrategias y diseños en los que se pueden analizar en estos aspectos.  En relación con la temática del proyecto de fin de carrera “Ecologías domésticas” es interesante observar como los feminismos, y más concretamente los feminismos materiales han abanderado distintas revoluciones en el diseño de los entornos domésticos, con mayor o menor éxito.  En The Grand Domestic Revolution (1982), Dolores Hayden analiza con profundidad las claves de los grandes cambios en los entornos domésticos construidos en Estados Unidos en las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX, vinculándolo a la evolución de los distintos flujos de influencia social, económica y política.

Según Hayden en la historia reciente podríamos diferenciar muy bien varias etapas diferentes: una etapa preindustrial en la que “la mayor parte de las mujeres trabajaba junto a sus maridos e hijos en granjas de subsistencia, realizando las tareas difíciles necesarias para la superviviencia de la familia, tejiendo, moliendo grano… cocinando al fuego, fabricando jabón y velas…y criando animales”. Una segunda etapa en la que comenzaron a consumir bienes manufacturados, lo que sumado a la aparición de la industrialización les hizo ver la posibilidad de incorporarse a un mercado laboral con pocas oportunidades, pero que les aportaba la posibilidad de obtener una remuneración económica.  En ningún caso eso les libró de tener que realizar todas las tareas domésticas, y es quizá en este punto en el que las más potentes demandas reivindicativas tuvieron eco.  Esto tuvo como consecuencia la aparición de arquitecturas alternativas a la granja tales como “viviendas urbanas o suburbanas de menor superficie y más áreas dedicadas al consumo y exhibición de productos manufacturados”, muy próximas a la concepción moderna de los entornos domésticos, pero todavía sin tecnologías.

Lo que desencadenó la aparición de muy diversas reivindicaciones fue probablemente la desigual velocidad en la que se incrementó la aparición de bienes de consumo, y el no tan veloz crecimiento de los salarios del pequeño porcentaje de mujeres que trabajaban. Debían atender todas las necesidades de la vivienda sin poder disponer de dinero suficiente para incorporar a sus viviendas la tecnología que les haría poder compatibilizar ambas actividades.  Por otro lado la gradual implantación del sistema capitalista agravaba más la situación en la que cada vez más, la mujer estaba en una posición invisible en la sociedad, encerrada en casa.

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La corriente denominada por Hayden “feminismo material” perseguía superar los patrones del espacio urbano y el espacio doméstico que separaban a hombres y mujeres concepción que hacía invisible el trabajo de ellas. Impulsaron nuevos modelos de organización de los barrios, creando cooperativas de amas de casa, y también nuevas tipologías edificatorias entre las que podemos destacar las guarderías, las casa sin cocina, las asociaciones comunitarias y las cocinas públicas. Hicieron que arquitectos y urbanistas reconsideraran el diseño entorno a los ámbitos domésticos al definir un nuevo ámbito trabajo doméstico y las maneras de habitar.  Propusieron ciudades ideales feministas. Defendían que las mujeres tenían que crear hogares feministas con el trabajo doméstico y el cuidado de los niños como un paso necesario y previo a formar parte de una sociedad verdaderamente igualitaria.

Estas propuestas arquitectónicas conseguían con mayor o menor éxito una respuesta a las necesidades reivindicadas por las mujeres. Uno de los aspectos más relevantes es el pensamiento en términos de ciudad, y de prácticas que consiguieran que las nuevas generaciones fueran más igualitarias, algo relacionado con hacer un mundo mejor (para todos, no solo para las mujeres), y la claridad con la que estos planteamientos se hacían de una manera transversal, no solo en el ámbito urbano, no solo en el doméstico, sino en todos ellos.

La siguiente atomización protagonizada por la sociedad de consumo y el abaratamiento y producción en masa de la tecnología acabaría llevando a la configuración de una vivienda en la que todas las tecnologías estarían completamente implantadas, y por lo tanto, no sería necesario esta visión de la ciudad como proveedora de todas los servicios que necesitaban las mujeres para evolucionar.  Así, las iniciativas cooperativas fueron desapareciendo en favor de una mujer que disponía de todo lo que necesitaba en casa.  La maquinaria capitalista consiguió con imágenes como la que sigue configurar la idea de que la vivienda era un lugar de trabajo agradable en el que las tareas domésticas eran lo más parecido a un juego. Algo con lo que todavía se sigue especulando.

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La Modernidad se conformó con el feliz pensamiento de que la casa era una máquina que podría hacerlo todo, sin tener en cuenta que al hacerlo producía “La construcción de una esfera pública masculina y una privada femenina que instituyó al género como la primera diferencia social entre ambos”, según  Kathleen McHugh. Muchas pensadoras feministas además consideran que esa vinculación tan fuerte del sexo femenino al ámbito doméstico resulta paradójica, “porque allí donde las mujeres han habitado y construido sus vidas durante tanto tiempo, sus tiempos han estado tradicionalmente arbitrados en función de las necesidades del resto de habitantes del hogar” y “todos los tiempos y espacios de la casa suelen estar compartidos, instrumentalizados por los otros, donados o usados para los otros habitantes de la casa, para su cuidado, crianza, alimento y afecto, de manera que el tiempo y el espacio propios de las mujeres han sido, paradójicamente, grandes ausentes del hogar”.

En cualquier caso, la proliferación de la tecnología ha conseguido a lo largo de décadas configurar un tipo de ciudad en la que cada vez más existe una barrera muy gruesa entre el espacio doméstico y el espacio público, y el sistema va proponiendo nuevos servicios en los que la vivienda aporta todo lo que el usuario puede necesitar (el cine en casa, las compras por internet, el teletrabajo, etc). De modo que la ciudad cada vez más es un espacio contiguo, accesorio.  Por otro lado, no es necesario ahondar mucho en el asunto sobre la desigualdad entre hombres y mujeres, precisamente porque siguen siendo ellas, a pesar de todo, las que generalmente realizan la mayor parte de las tareas domésticas.

En otras latitudes, con en el sureste alicantino, no hubo industria hasta bien pasada la primera mitad del siglo veinte, lo que consiguió que se perpetuara durante muchos más años, esa situación preindustrial que Hayden sitúa en Estados Unidos casi un siglo antes.  A las señoras de la imagen lo que les sucedió es que recibieron directamente la lavadora en casa y no tuvieron la necesidad de diseñar ni construir entornos cooperativos.  De hecho no los necesitaban porque  los tenían en el espacio público, y eran tan portátiles como un cesto y una silla de mimbre.

 

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Claramente existe una relación mucho más intensa con la ciudad en esta imagen que en la de la señora en el columpio (incluso rodeada por decenas de árboles en flor).  La situación cooperativa en el entorno urbano, la aparición de animales (véanse imágenes siguientes) son elocuentes marcas de un entorno en el que los usuarios están, como diría D. Haraway, “situados”: tienen vínculos con otros seres próximos y con el territorio que los rodea.  Producen en el campo, pero sus viviendas están preparadas para almacenar la cosecha, alojar al burro que les ayuda con la labranza.  Dedican parte de sus terrenos a producir el alimento de los animales, y las heces de éstos para abonar las tierras. Sus actividades forman una serie de redes que no solo les permite subsistir, sino que configuran un continuo productivo entre lo doméstico, lo urbano, lo territorial. Generan una determinada ciudad y un paisaje.

En todas estas relaciones es posible intuir los procesos simbióticos o simpoiéticos en los que existe una clara trazabilidad entre humanos y no humanos, y donde se aprecia una compleja red de afectos y querencias entre hombre y territorio.  En otros casos en los que la situaciones están tecnológicamente mediadas (pongamos como ejemplo nuestras viviendas actuales), resulta mucho más difícil identificar ese tipo de patrones que según las corrientes de pensamiento citadas al inicio de este ensayo.

Es necesario que nos preguntemos cómo podemos desde la disciplina arquitectónica detectar procesos en los que sea posible articular construcciones que habiliten estos procesos.  Existen ya situaciones interesantes de diseño arquitectónico en las que esto sucede. Algunas de ellas tienen que ver con la ecología, y con la producción de objetos que no cuidan directamente los entornos, sino que actúan como interfaces en las que hacen consciente al usuario de una situación (por ejemplo el consumo de energía y de agua de un electrodoméstico en tiempo real) para que sea él quien se active políticamente y tome una decisión sobre cómo quiere afectar al medio ambiente.  En esto es una constante en el trabajo del estudio Elii, de Madrid.  Por otro lado, una muestra en la que se ensaya este tipo de situaciones es el Edificio jardín nectarífero  en Cali (Colombia) de la plataforma Husos, en el que se desarrolla un negocio de producción local, y se alojan las plantas que permiten la reproducción de varios tipos de mariposas autóctonas. En este sentido sería importante en los procesos de diseño evaluar en qué modo son nuestras producciones mecanismos de mediación, y qué los caracteriza.

Otro modo de introducir en nuestras prácticas estas maneras de hacer es en las metodologías que usamos en los procesos de diseño.  En este sentido son de interés los procesos participativos en el que el diseño de entornos urbanos es participado por todos los habitantes de un barrio.  Estos procesos ya están presentes en muchos contextos urbanos, como en Barcelona, ciudad en la que ya se están probando simulaciones previas con los usuarios de los proyectos a realizar en las reformas del espacio público.  No solo se evalúa la eficacia de un proyecto, sino que también se fomenta una sensación de pertenencia y vínculo con el entorno de los usuarios.

En el diseño de viviendas existen varios ejemplos en los que los usuarios participan de todo el proceso de diseño.  Un caso interesante es el de Livingston y sus “consultas de arquitectura”, en la que se desarrolla un proceso en el que lo que se hace es un diseño conjunto en el que en gran parte del proceso el arquitecto y el cliente se ponen en un mismo plano para, explicándolo de una manera muy gráfica, el arquitecto coge la mano del cliente para acompañarle al realizar el trazo.

En el tema que nos ocupa, y en cómo desde nuestras prácticas estamos convocados a adoptar una determinada ética entorno a nuestras producciones, cualquiera de estas referencias podría ser un camino por el que pensar nuestras metodologías.  Intentar aplicar un conocimiento situado y adoptar investigaciones participadas en las que podamos identificar y cuantificar los parámetros en los que operan y median en nuestros entornos (personales, físicos, naturales), es un camino para introducir en el diseño de nuestros entornos, y particularmente el doméstico, aspectos que fomenten una nueva relación entre los habitantes de las viviendas, y de la que existe entre la vivienda con la ciudad y el territorio.

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Dibujar patrones

Como ya sabes, algo que me interesa bastante son las herramientas y experimentar con ellas.  Es precisamente  esa experimentación lo que nos puede permitir generar un poco de innovación, o esos documentos que son relevantes por su capacidad de activar una reflexión, de proponer nuevos caminos por donde seguir, y no solo  por su capacidad de representar un contenido o una idea.

Ahora que ya tengo claros los objetivos de mi trabajo y cómo los voy a evaluar se me hace más fácil establecer formatos que me ayuden en esa dirección.  No te los había enseñado antes, pero a lo largo de estos meses he estado intentando dibujar distintos territorios de interés para mi trabajo con el objetivo de grafiar qué situaciones y relaciones se daban en él.

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La imagen de arriba es un dibujo de memoria de un fragmento de territorio en el que aparecían tres lavaderos distintos.  Dos de ellos no llegaron a grafiarse.  La escala del dibujo era capaz de vincular los lavaderos con los cursos naturales, pero no podía mostrar como esos lavaderos influían directamente en la configuración de las viviendas.

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El fragmento que te presento ahora no trata de contar todo un territorio, sino un trozo del territorio en el que uno es capaz de identificar las pautas que rigen la configuración del mismo y qué paisaje lo configura.  Aparecen los elementos que sirven como hitos para establecer bordes, como esos árboles singulares que marcan los límites de las parcelas, y que además proporcionan sombra y cobijo a los usuarios.  Aparece también un curso de agua, las distintas tipologías de cultivos, los no humanos que participan en las actividades y los productos que sirven como material para la construcción de útiles, etc.  En un único fragmento están casi todos los elementos que caracterizan el paisaje de la huerta de de la Vega Baja.  Además, es posible acceder a relatos (textos) vinculados a los afectos de los usuarios.  De este modo, con este dibujo, es más sencillo evaluar todos los aspectos con los que quiere profundizar el trabajo. El dibujo está incompleto a la espera de nuevos relatos y elementos que puedan aparecer en los talleres en las aportaciones de lxs participantes.

Esto es lo que se define en antropología como patrones, que no son otra cosa que el conjunto de aspectos, actividades que se repiten en un lugar. Tiene que ver con la percepción del paisaje, y es muy interesante en la capacidad de poder añadir más descripciones compatibles con mi manera de trabajar (que busca las relaciones y los afectos).    Si quieres profundizar un poco más en estos temas no dudes en consultar en siguiente link en el que aparece una reflexión mucho más extensa sobre la representación del paisaje.

 

Contenidos del PFC (II): qué, cómo, por qué, con quién, para qué…

En los últimos días ha empezado a intensificarse mi trabajo entorno al proyecto de fin de carrera.  Ha llegado el momento de desplegar de una vez por todas toda la artillería para que el trabajo vaya desarrollándose a buen ritmo.   En primer lugar hay que definir una serie de cuestiones importantes: en qué consiste mi trabajo, qué es lo que quiero conseguir con él,  qué estrategias voy a usar para desarrollarlo y cómo voy a ir evaluándolo. En este post voy a esforzarme en explicarte bien todo esto.

Empecemos con el qué:

El trabajo es una incursión intensa (profunda) de alcance local, pero reproducible,  en las relaciones entre  lo doméstico, lo productivo, y las repercusiones que esas relaciones generan el el territorio.  Para conseguirlo he tomado la decisión de organizar un taller dividido en varias etapas en las que se desarrollarán una serie de actividades de producción mediante las que activaremos una conversación entorno a la producción mientras producimos.   Seguir leyendo

Powerball, o cocinar para abrir conversaciones.

Cocinar y comer son actividades con una presencia importante en las arquitecturas domésticas occidentales.  Pueden activar una serie de interacciones entre los usuarios muy interesantes entorno a lo compartido con cierta regularidad, que está relacionada con los ciclos biológicos corporales. Es un ejemplo claro en el que se producen reconfiguraciones  temporales del espacio doméstico para habilitar una situación compartida que activa interacciones entre los usuarios, que no solo comen, sino que también conversan sobre la comida, sobre las actividades que han desarrollado en ausencia de los otros.  Entorno al hábito de comer se  abren conversaciones sobre sus situaciones compartidas, formulan deseos,  hacen pactos que van reconfigurado su desempeño en esa microcomunidad doméstica.

Por otro lado no debemos dejar pasar la caracterización de cocinar en términos de producción en el ámbito doméstico.  Tradicionalmente cocinar ha sido una producción muy valorada y reconocida fuera de la vivienda, aunque raras veces se le atribuye gran valor en casa. Esto se ve muy claramente en términos de remuneración económica.  Los que cocinan en casa para el resto de habitantes de la vivienda no lo hacen esperando una contrapartida. Son personas altruistas con un elevado grado de entrega y empatía.  Han asumido, a veces sin darse cuenta, la responsabilidad de prestar un servicio necesario para otras personas y eso les otorga una agencia con la que pueden especular.

Todo esto explica que no sea casual que la arquitectura, que por supuesto se interesa en todos los fenómenos espaciales vinculados a estas actividades, también realice incursiones en la cocina como actividad.  A lo largo de mi formación como arquitecto en varias ocasiones lo comestible ha sido el tema que ha articulado determinadas producciones. Voy a contarte una experiencia reciente en la que cocinar ha servido para activar una conversación sobre los diseños presentes en el ámbito doméstico, muy al hilo con las investigaciones de mi proyecto de fin de carrera.

Como ya sabes, mi proyecto de fin de carrera pone su atención en los espacios domésticos, fundamentalmente en aquellas estancias donde se suceden producciones tales como limpiar, lavar, cocinar, etc. En una serie de investigaciones previas se están detectando materialidades muy concretas, unos estímulos visuales muy potentes en los que me ha apetecido profundizar.

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Uno de los elementos importantes es la cantidad de productos que aparecen asociados al lavado y a la limpieza en general.  Llama especialmente la atención el diseño de los envases y el colorido y llamativas formas de los recipientes.  Estos diseños están optimizados de manera estudiada: tapones que sirven para dosificar, botellas que incorporan asas, etc.  Pero también para que el producto sea atractivo en la pantalla de la televisión, y por qué no, también en la estantería del súper.

Puede resultar extremadamente interesante la composición que se genera en uno de esos armarios repletos de productos en los que además ese colorido está acompañado de una serie de aromas característicos de determinados productos (como el detergente y el suavizante).

Esta acción quiere acercarse a lo controvertido que puede llegar a ser el esmerado diseño en algunos de esos productos y cómo interacciona con los usuarios de las viviendas.  Para ello he tomado las pastillas que usamos en casa habitualmente para el lavavajillas.  Se trata de las de un conocido fabricante de detergentes para lavavajillas, pero lo que se va a describir de esta pastilla en concreto puede encontrarse desarrollado de otros modos en otros tipos de cápsulas o pastillas para el lavavajillas.  Su diseño está motivado por el lugar donde se alojan en el aparato (eso determina su formato), y también por los distintos procesos del lavado en el que han de actuar distintos productos.

Esto hace que cada una de sus partes tenga una durabilidad distinta en reacción con el agua.  Algunas son más blandas, y otras más duras.  Y todo ello se refuerza con materiales de distintos colores y formas. Algo que tiene su interés para ser asociado a una experiencia culinaria.

Por otro lado es necesario resaltar la proximidad a los imaginarios con los que se diseñan productos para niños como golosinas y juguetes, tanto en los envases como en los propios productos. Merece la pena entonces reflexionar entorno a qué motiva estas similitudes  y experimentar con comida que se parece a un producto de limpieza, en paralelo al modo en que las pastillas del lavavajillas quieren parecerse a dulces para niños o a juguetes.  Es quizá en estos parecidos peligrosos donde econtré como práctica de riesgo en una experiencia culinaria, no solo de los productos en sí, sino de los propios envases.

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Estos factores han determinado que, para activar una conversación sobre estos asuntos, me centre en la fabricación de un postre que parece una pastilla de lavavajillas.  Voy a describirte lo que hice. Te paso la receta por si quisieras reproducirla, o mucho mejor, mejorarla o customizarla.

Para elaborar la receta se necesita:

 

1 litro de leche

4 cucharadas de azúcar (tamaño cucharilla de café)

1 sobre de cuajada

1/2 litro de agua

1 sobre de gelatina sabor limón

colorante alimentario líquido azul (4 gotas)

caramelos rellenos de gelatina (pikotas)

distintos moles para probar

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El primer paso consiste en elaborar una cuajada, un lácteo con textura gelatinosa.  Está traída aquí por su larga trayectoria como postre, y también con la idea de que en conjunción con el ácido del limón pudiera desencadenar algún efecto limpiador o depurativo en el sistema digestivo, algo que también está relacionado con el concepto de la pastilla del lavavajillas.

Se siguen los pasos y dosificaciones del envase.  A continuación se rellenan los moldes hasta la mitad con la cuajada y se deja enfriar en la nevera durante dos horas.  Se repite el proceso, pero esta vez con la gelatina, a la que se añade el colorante para generar un color verde intenso que recuerde a ese fabricante de lavavajillas tan conocido.  Se vierte en los moldes con la cuajada ya fría, hasta el borde.

 

Se vuelve a enfriar durante dos horas. Tras lo cual se desmolda cuidadosamente y se presenta sobre un soporte adecuado. Una vez hecho eso se pone en la parte superior el caramelo duro, pero relleno de sirope, generando así la pastilla comestible. Conservar frío.

Se han hecho distintas pruebas con el objetivo de que el resultado final fuera mucho más parecido a la pastilla real, y así reforzar la sensación de estar comiendo una pastilla de detergente, pero los distintos moldes no permitían un emplatado adecuado y han tenido que ser descartados.

La versión final consigue transmitir la idea de las distintas durezas y texturas. Se parece mucho más a un dulce que a una pastilla de detergente, hasta el punto que uno no es capaz de identificar la conexión si no es guiado a través del proceso.  Y sin embargo esto refuerza la hipótesis de que es precisamente lo que está tratando de hacer la pastilla, parecerse a un dulce.

Algo que quizá debería ser cuestionado y reprogramado, puesto que en muchos ambientes domésticos es habitual la presencia de niños que pueden tener acceso a este tipo de productos, algo que provoca situaciones de riesgo de intoxicación.

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Me interesa mucho hablarte ahora del interés de una metodología de trabajo con ésta.  Tradicionalmente en la arquitectura hemos tenido a identificar problemas y construir soluciones, un proceso con principio y fin, y que acababa incluso antes de verificar los efectos de la solución.  Esto es algo que en prácticas como la mía tiene que ser absolutamente revisado.

La experiencia de la pastilla de lavavajillas comestible puede resultar anecdótica, pero abre conversaciones entorno al diseño de ese producto, también entorno al aparato y su localización en la vivienda, sus implicaciones en cuanto a una determinada ética con respecto al mundo, etc. De algún modo es un aspecto secundario sobre el que se pueden activar conversaciones entorno a la solución que cada uno puede adoptar sobre la cuestión de la limpieza en casa. Puede empezar a articular una serie de procesos de reorganización participados. Es una intervención en “clave menor” si habláramos en términos de Erin Manning, en la que experiencias tangenciales pueden incorporar materialidades y estímulos inesperados al diseño arquitectónico.